Epicteto. Disertaciones con Arriano. Libro III. Pasajes XIX-XX [CITA ESTOICA] [DIA 108]

La primera diferencia entre el particular y el filósofo: el uno dice: «¡Ay mi pobre muchachito, mi pobre hermano; ay, mi pobre padre!», mientras que el otro, si en algún caso se ve obligado a decir «¡ay!», tras esperar un poco añade «¡pobre de mí!». Y es que nada ajeno al albedrío puede poner impedimentos o perjudicar al albedrío, si no es él a sí mismo. Por tanto, si también nosotros nos inclináramos a esto, de modo que, cuando andamos por malos caminos, nos culpáramos a nosotros mismos y recordáramos que nada es responsable de la alteración y de la agitación sino la opinión, os juro por todos los dioses que progresaríamos.

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