Epicteto. Disertaciones con Arriano. Libro II. Pasajes XII-XIII [CITA ESTOICA] [DIA 87]

Epicteto. Disertaciones Con Arriano – Libro II – Pasaje XII

Por el contrario, el guía, cuando encuentra a uno que anda perdido, lo lleva al buen camino y no se marcha riéndose o insultándole. Muéstrale también tú la verdad y verás que te comprende. Pero mientras no se la muestres no te burles de él, sino sé consciente más bien de tu propia incapacidad. – Epicteto, Disertaciones con Arriano, Libro II.12.3-4

En este pasaje, Epicteto entra a hablar sobre la dialéctica y el rol del «profesor de vida o de filosofía» por así llamarlo. En este caso, recordando el rol práctico que inspiran los filósofos estoicos, hacen hincapié en el hecho que al asumir el rol de un «guía vital», uno debe predicar con el ejemplo eminentemente. Y el hecho de predicar, implica muchas cosas que irá comentando a lo largo de estos párrafos. En cierto grado parece que este pasaje, parece más como una breve guía de conceptos a tener en cuenta, para el futuro filósofo instructor.

Sin embargo, en modo alguno somos capaces de mover al profano con los medios con los que el mismo profano, comprendiendo sus propias representaciones, podría aceptar algo o rechazarlo. Y entonces es normal que al percatarnos de esa incapacidad nuestra nos apartemos del asunto , al menos todos cuantos somos algo precavidos. Sin embargo, el vulgo, actuando al azar puestos en una situación así, confunde y se confunde y, al final , se marchan insultando e insultados. – Epicteto, Disertaciones con Arriano, Libro II.12.11-13

Aquí, actuando un poco como «terapeuta» clásico, sugiere que uno no puede entrar en el juego de un «profano» (o ignorante en la filosofía estoica), aceptando las presuposiciones que éste le plantea (lo que contradice, quizá, bastante alguno de los comentarios que sugería en anteriores pasajes, sobre las divinidades, y sobre los oráculos). Si entramos en ese «juego» de representaciones, donde el bien y el mal suele estar encaminado a lo externo a uno mismo, entonces la probabilidad de que nos escape de nuestro control (nuestro propio albedrío), es grande y por consiguiente, al final, acabaremos cayendo en esa situación de como dice Epicteto: «insultando e insultados».

Por otra parte, el primer rasgo y el más característico de Sócrates era no excitarse nunca en la conversación, no proferir nunca un insulto, nunca nada injurioso, sino soportar a los que insultaban y parar la disputa. Si queréis saber cuánta habilidad tenía en ello, leed el Banquete de Jenofonte y veréis cuántas disputas resolvío. – Epicteto, Disertaciones con Arriano, Libro II.12.14-15

Aquí pone, un ejemplo de Sócrates y su forma de expresar su visión filosófica. Hace referencia al Banquete de Jenofonte para mostrar como ejemplo la forma con la que actuaba en su forma de filosofar. Y aprovecho para apuntar este libro como parte de mi bibliografía a leer en el futuro.

Epicteto. Disertaciones Con Arriano – Libro II – Pasaje XIII

Cuando veo a un individuo angustiado, me digo: «¿ Qué querrá éste? Si no quisiera algo de lo que no depende de él, ¿cómo iba a estar angustiado?». – Epicteto, Disertaciones con Arriano, Libro II.13.1

Este pasaje me ha resultado muy interesante, dado que trata de lleno con numerosos ejemplos, el concepto de como los estoicos consideran y tratan las emociones muy en línea con aquel mensaje que comenté tiempo atrás. En este primer ejemplo, ya deja clara la visión de Epicteto con respecto a las mismas: Si estás angustiado es claramente por algo; quieres que suceda o no suceda, algo que no depende de ti.

Por eso el citaredo no se angustia cuando canta solo, pero sí al entrar en el teatro, aunque tenga muy hermosa voz y toque bien la cítara. Porque no sólo quiere cantar bien, sino también gozar de buena fama, y eso ya no depende de él. – Epicteto, Disertaciones con Arriano, Libro II.13.2

Aquí pone el primer ejemplo bastante ilustrativo, de un citaredo o citarista, que toca la cítara, una especie de guitarra, lira o arpa ancestral. El citarista en cuestión, se preocupa por el resultado de su actuación y no por el objetivo de su acción en si, y esto es lo que degenera inevitablemente en emoción indeseable

No sabe que quiere lo que no le ha sido dado y que no quiere lo inevitable y que no conoce ni lo suyo ni lo ajeno. Si, efectivamente, lo supiera, nunca se vería con trabas, nunca se vería con impedimentos, no se angustiaría. – Epicteto, Disertaciones con Arriano, Libro II.13.8

Entra a comentar, que un ignorante y no conocedor de las leyes (entiéndase, de las leyes «divinas», o las leyes «universales»), no sabe, que lo que quiere no esta en su control, y que no conoce, lo que realmente pertenece a su propio albedrío, y lo que realmente le impediría la angustia

Entonces, si lo que no depende del albedrío no son males ni bienes y lo que depende del albedrío está todo en nuestra mano y nadie puede arrebatárnoslo ni procurarnos lo que no queremos, ¿dónde hay aún lugar para la angustia? Pero nos angustiamos por el cuerpecito, por la haciendita, por el qué le parecerá al César, pero por nada de lo interior. ¿Y por no admitir la mentira, no? No, depende de mí. ¿Ni por sentir impulsos contra naturaleza? Tampoco por eso. – Epicteto, Disertaciones con Arriano, Libro II.13.10-11

Dejando claro donde ha de encontrarse el locus de control, al posicionarlo fuera de nosotros, damos espacio a la angustia. Lo hacemos rechazando o deseando todo aquello que es totalmente externo a nosotros. En realidad, sabemos que al desearlo y al quererlo, estamos deseando una mentira. Esa es la paradoja de la razón (o más bien de la ausencia de la aplicación de la misma). En gran medida, el ignorante, esta dotado de la misma razón Universal que el sabio estoico. Pero la diferencia es que el primero admite y confirma una gran mentira, ya sea porque no ha alcanzado el nivel para despojarse de dicha mentira, o porque simplemente la ha acuñado como aceptable.

Cuando veas que uno está pálido, igual que el médico dice por el color: «Ése padece del bazo, ése del hígado», así también di tú: «Ése padece del deseo y del rechazo, no anda bien, tiene fiebre». Pues ninguna otra cosa cambia el color ni provoca temblor y rechinar de dientes ni hace doblar las rodillas y apoyarse ora en un pie ora en otro. – Epicteto, Disertaciones con Arriano, Libro II.13.12-13

Cuando uno ve que una persona está sufriendo, o cuando uno mismo lo está, es fácil identificar donde se encuentra el origen de dicho sufrimiento: «Ese padece del deseo y del rechazo«. En definitiva, desear lo que esta fuera de nosotros y rechazar lo que nos acontece fuera de nosotros mismos; estos son los únicos motivos para los Estoicos del origen de la pasión, ergo del sufrimiento.

¿Te has aplicado a conocer qué es un hombre bueno y uno malo y cómo se llega a ser una de las dos cosas? ¿Por qué, entonces, tú mismo no eres bueno?
—¿Cómo —responde— que no lo soy?
—Porque ningún hombre bueno padece ni se agobia, ninguno gime, ninguno palidece ni tiembla ni dice: «¿Cómo me recibirá? ¿Cómo me escuchará?». – Epicteto, Disertaciones con Arriano, Libro II.13.16-17

Y claramente se pude observar aquí como se demuestra la moral de un Estoico. Una persona es solo buena o mala, conforme a lo que expresa a traves de sus emociones. ¿Esa persona está alterada? Es mala. ¿Esta angustiada? Es mala. ¿Ha muerto su familia y esta sufriendo? Es malo (es vicioso al menos porque ojo con las traducciones). Así de simple. Lo curioso es es que este planteamiento, no estaría hoy en día aceptado socialmente ni cercanamente. Dicho así en público sin mucho contexto, lo mismo va uno y crucifica como a Jesucristo. Pero esto es tal y como lo ven los Estoicos el concepto del bien y el mal, no radica en el resultado de lo que hace, sino en como lo que hace, afecta a su alma (o a su carácter)

—¿ Te angustiarías siendo jinete al llegar al campo frente a uno de a pie, cuando tú te has entrenado mientras que él carece de entrenamiento? —Ya… Pero tiene poder para matarme. —Entonces, di la verdad, desdichado, y no andes presumiendo ni consideres que eres filósofo, ni ignores a tus dueños sino que, mientras te sigas aferrando al cuerpo, sigue a cualquiera que sea más fuerte. – Epicteto, Disertaciones con Arriano, Libro II.13.22-23

Para terminar aquí Epicteto invita a pensar: ¿Se angustiaría uno, si no dudara de sus habilidades? Quizá si, depende si esta en peligro algo externo a nosotros, y le damos la importancia que no se merece, al ser externo. Entonces si nos angustiamos de algo que es externo a nosotros, es decir, no dar lo máximo que podemos dar, sino asociarnos a algo que podría pasar con respecto a nuestro cuerpo, nuestra vida, entonces que quede claro donde esta la raíz del problema que pretendemos evitar a lo largo de toda una vida. Hazlo lo mejor que puedas, sino, da igual el resultado. Si no se puede concebir esto, uno será desdichado de por vida, de acorde a la filosofía estoica.

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