Epicteto. Disertaciones con Arriano. Libro II. Pasajes XVI [CITA ESTOICA] [DIA 89]

Hoy voy a reducir un poco la marcha para tratar en exclusiva, uno de esos pasajes de Epicteto que para mi personalmente me resultan especialmente destacable por su contenido, y son de ese tipo que merece la pena leerlos sino una vez por semana, una vez al mes al menos. Me gustaría configurar en un futuro una lista de de todos esos pasajes que para mi son destacables, al menos para uso propio con objeto de tener un sitio al que dirigirme, y poder leerlos regularmente y ayudar en esa práctica del recordatorio de refuerzo.

El pasaje de hoy trata principalmente sobre la práctica y la teoría, y la necesidad de esta primera, para el progreso o el Prokopton, siendo la segunda un símbolo poco apreciado por Epicteto en particular

Epicteto. Disertaciones Con Arriano – Libro II – Pasaje XVI

¿Te has ejercitado, cuando se te muestra dinero, en contestar la respuesta adecuada: «No es un bien»? ¿Te has entrenado en esas respuestas o sólo en los sofismas? Entonces, ¿por qué te admiras de superarte a ti mismo en lo que te has ejercitado y seguir siendo el mismo en lo que estás desentrenado? ¿Por qué el orador, que sabe que ha escrito bien, que ha repasado el escrito, que pone una voz suave, se sigue angustiando, sin embargo? Porque no le basta con haberse ejercitado. Entonces, ¿qué quiere? Ser alabado por los presentes. – Epicteto, Disertaciones con Arriano, Libro II.16.3-5

Aquí empieza destacando la práctica de la Examinación de Impresiones, práctica que ha de hacerse diariamente y de manera muy constante.  Y por otro lado, llueve la primera «crítica» a esa teoría sin práctica: Uno puede haberse preparado durante mucho tiempo una materia que pretende dominar, pero a la hora de la verdad el «entrenamiento» se encuentra en la mente, en el llamado «juego interior» que también ha de ser entrenado eminentemente a traves de la práctica estoica, de manera totalmente independiente y semejante incluso, en tiempo invertido.

Igual que el citaredo: sabe tocar la cítara, canta bien, tiene una hermosa túnica recta y, sin embargo, tiembla al salir; pues sabe todo esto , pero no sabe qué es el público, ni el clamor ni la burla del público. Ni siquiera sabe qué es el propio angustiarse, si es cosa nuestra o ajena, si es posible hacer que cese o no lo es . Por eso, si le alaban sale envanecido, hueco, y si se burlan de él, ese andar hueco se pincha y se viene abajo. – Epicteto, Disertaciones con Arriano, Libro II.16.9-10

Igual que comentaba un par de días atrás acerca del ejemplo del citaredo, aquí vuelve a hacer mención al mismo. Uno puede tener todo perfectamente entrenado y preparado, exceptuando una cosa, quizá la más importante: El no ser capaz de identificar y sostener un correcto juicio o asentimiento y esto degenerará en ese miedo «escénico» que es el que aquí muestra con su ejemplo; la angustia surgida de lo externo propia de la falta de Razón.

«¡ Ay, Dios y Señor! ¿Cómo no me voy a angustiar?» Insensato, ¿no tienes manos? ¿No te las hizo la divinidad? ¿Te vas a poner ahora a rezar para que no se te caigan los mocos? Mejor límpiatelos y no te quejes. Entonces, ¿qué? ¿Aquí no se te ha concedido nada? ¿No se te ha concedido la perseverancia, no se te ha concedido la magnanimidad , no se te ha concedido el valor? Teniendo esas manos, ¿todavía andas buscando quien te limpie los mocos? Pero ni nos aplicamos a eso ni nos importa. Porque,  dadme uno al que le importe cómo hará algo, que preste atención no a cómo conseguir algo, sino a la acción en sí. ¿Quién, al pasear , presta atención a la acción en sí? ¿Quién, al deliberar, presta atención a la deliberación en sí, y no a conseguir aquello sobre lo que delibera?.  – Epicteto, Disertaciones con Arriano, Libro II.16.13-15

Un texto que ya usé hace más de un mes y que muestra claramente, lo que simboliza la inacción, vista desde la práctica estoica. Muestra esa impotencia ante lo exterior, por no haber ejercitado dicha Razón en condiciones. Y también muestra la verdadera importancia de la acción. En cierto grado puede que este sea uno de los únicos textos originales en los que sugiere de alguna forma la Meditación de consciencia plena o Mindfulness: «¿Quién, al pasear , presta atención a la acción en sí? ¿Quién, al deliberar, presta atención a la deliberación en sí, y no a conseguir aquello sobre lo que delibera?«.

Yo hasta la fecha no he sido capaz de identificar otro texto que mencione esto de la «atención» de una manera más clara que aquí lo hace Epicteto. Parece en cierto grado como si Epicteto asociara de una manera completamente directa la capacidad de asentimiento y la atención en la acción.

Entonces, ¿por qué nos seguimos admirando, si nos ejercitamos en las materias de estudio, de ser abyectos en las acciones indecentes, indignos de nada, cobardes, incapaces de soportar la fatiga, completas calamidades? En efecto, ni nos ha importado ni nos aplicamos. Pero si no temiéramos la muerte o el destierro, sino al miedo, ¿nos ejercitaríamos en no caer en aquello que nos parecen males? Pero, en realidad, en la escuela somos impetuosos y locuaces y, si acertamos en dar en cualquier cuestioncilla sobre algo de esto, capaces de llegar a las consecuencias. Pero sácanos a la práctica y hallarás unos pobres náufragos.  – Epicteto, Disertaciones con Arriano, Libro II.16.18-20

Aquí critica lo que yo denominé hace ya unas semanas atrás, esa «erudición estoica»: La necesidad imperiosa de «perder el tiempo» en divagaciones sobre la filosofía o «cuestioncillas» como sugiere Epicteto, y no dirigirse estrictamente hacia la práctica, hacia entender desde el asentimiento la irrelevancia de aquello «que nos parecen males». Me gusta mucho esa frase: «Sácanos a la práctica y hallarás unos pobres náufragos«, porque en gran medida impacta y recuerda directamente contra todo aquel que se enfrasque demasiado en la teoría y no salga ahí fuera a ejercitarse como el Estoicismo propone.

¿Qué cosas son las que nos apesadumbran y nos sacan de quicio? ¿Qué otras, sino las opiniones? Al que sale y se aparta de sus conocidos y compañeros y de sus lugares y del trato, ¿qué otra cosa le apesadumbra sino la opinión?.  – Epicteto, Disertaciones con Arriano, Libro II.16.24

¿Que es lo que nos molesta? Lo que nos afecta, lo que nos altera, lo que saca nuestras emociones e impide alcanzar esa «Eudaimonia«: No es otra cosa que la opinión, o mejor dicho el juicio de valor ante una presunción, ante una pre-cognición o ante algo que vemos y no nos parece correcto por esa Moral que tenemos firmemente asentada

Lo mismo ocurre, con las personas: ¿Que es lo que nos molesta de la gente y nos aleja de ella, sino la opinión que tenemos acerca de la opinión ajena?

Esto es muy interesante, porque enlaza directamente también aparte con esos kephalaia de Marco Aurelio. Las visión de las personas no deben afectarnos directamente, y por ello no debemos alejarnos. En general el acto de alejamiento de una persona o de algo que nos desagrada es en cierta manera una forma de evitación, de no exposición ante la adversidad, y por tanto una forma de perder una gran oportunidad de entrenar la Virtud. En esta frase Epicteto deja claro esto en pocas palabras

¡Lamentos de viejas! «Pero les daré un disgusto si me marcho». ¿Que les darás un disgusto tú? De ninguna manera, sino que se lo dará, igual que a ti, el parecer. ¿Qué puedes hacer entonces? Líbrate de este parecer; del de ellas, si obran bien, ellas se librarán; si no, gemirán por su propia culpa.  – Epicteto, Disertaciones con Arriano, Libro II.16.40

Otro tema interesante acerca de nuestra percepción ante la angustia ajena. Realmente nos debemos sentir importantes para interceder en el estado emocional de terceros. Pero ¿qué podemos hacer nosotros para mejorar el estado anímico de una persona?. Epicteto sugiere que nos libremos de eso, que realmente poco o nada tenemos que hacer ante ello y que suficiente hay con ocuparnos de nuestro propio parecer y de nuestras propias presunciones

Como decía días atrás, la labor de un Estoico puede ser la de incitar, o colaborar en que otra persona entienda y se acerque la filosofía, principalmente a través del ejemplo de uno mismo. Pero un Estoico nada puede cambiar en mente ajena. Y esto es bastante importante, porque muchas veces nos vienen pensamientos como el que comenta Epicteto, del tipo: «Pero les daré un disgusto si me marcho» que nos aferran a algo totalmente ajeno a nuestras circunstancias y por ende generan dolor o cualquier emoción que nos desvía del camino de la Virtud.

A partir de aquí, expulsa de tu pensamiento, en vez de a Procrustes y Escirón, la tristeza, el miedo, el deseo, la envidia, la malevolencia, la avaricia, la molicie, la intemperancia. Eso no hay quien pueda expulsarlo más que mirando sólo a la divinidad, sintiendo afecto sólo por ella, consagrado a sus mandatos. Pero si pretendes otra cosa, seguirás al más fuerte gimiendo y suspirando, buscando siempre fuera la bienaventuranza y sin poder nunca gozarla. En efecto, la buscas en donde no está y dejas de buscarla en donde está.  – Epicteto, Disertaciones con Arriano, Libro II.16.45-47

No tengo muy claro porque hace referencia a Procrustes o Procusto; ese ser mitológico que tenía una posada y mataba a sus viajeros mientras dormían, para ajustarlos al tamaño de la cama si eran muy pequeños estirándolos y si eran muy grandes, cortándolos. Y a Escirón por otro lado, otro ser mitológico que representa la llegada del invierno. Quizá pueda interpretarse como un símbolo de algo externo que uno desea desechar porque simbolicen un malestar, que uno desea evitar, pero que llegado el momento no debe por su inevitabilidad.

Y a continuación, toca todas esas emociones (pathos) que surgen fruto del mal asentimiento. Tristeza (dolor, lupe), Miedo (phobos), deseo (hedone), envidia (apetito, epithumia), malevolencia, avaricia, molicie, intemperancia, … en definitiva, todas esas emociones que comentaba ya en su día y que emergen, según plantea Epicteto, por el mero hecho de no mirar a la divinidad sintiendo afecto por ella, y a sus mandatos; o lo que es lo mismo, por no dirigir toda nuestra atención hacia la Razón que es el bien último para los estoicos

Y para finalizar el pasaje de hoy, cabe destacar esta frase final donde dice: «Buscas (la Eudaimonia, la serenidad, la paz del alma, la felicidad dicho de alguna forma) en donde no está, y dejas de buscarla en donde está«.

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