Epicteto. Disertaciones. Libro IV. Pasajes I Parte 2 [DIA 115]

Epicteto. Disertaciones Con Arriano – Libro IV – Pasaje I

Así que cuando ni los llamados reyes ni los amigos de los reyes viven como quieren, ¿quiénes serán aún libres? Busca y hallarás. Que tienes recursos de la naturaleza para descubrir la verdad. Si tú mismo no eres capaz, moviéndote sólo con ellos, de sacar la conclusión, escucha a quienes ya la buscaron. ¿Qué dicen? —¿ Te parece que la libertad es un bien? —El mayor. —¿ Puede ser desdichado o irle mal a alguien que consigue el mayor bien? —No. —Por tanto, afirma con seguridad que no son libres cuantos veas desdichados, intranquilos, padeciendo. —Lo afirmo. – Epicteto, Disertaciones con Arriano, Libro IV.1.51-52

En esta segunda parte del primer pasaje que estoy dividiendo en varios días, y con el que empecé justamente ayer; Epicteto trata eminentemente la relación que existe entre el deseo y la libertad (en gran medida de como el deseo cohíbe la libertad).

En esta primera parte, Epicteto vuelve a recordar que ni los que buscan el poder, las riquezas, ni ningun preferido indiferente, y menos quien lo posee, será realmente libre. Esto se alinea bastante, con el popular dicho de que realmente el dinero no «compra» la libertad. Suele decirse que la justicia solo favorece a los ricos. Pero siempre hablamos de lo que en su día comente que se denominaba, «justicia positiva» o justicia artificial creada por los hombres para convivir en sociedad. Pero esta justicia ya he comentado varias veces, que poco o nada tiene que ver realmente con la Virtud cardinal de la justicia (la razón de la adecuada distribución) y mucho menos con la libertad tal como la propone Epicteto.

Una situación puede ser perfectamente injusta, visto desde una perspectiva de Justicia Positiva, como por ejemplo, el hecho de que encarcelen a un pobre hombre que robo comida para su familia hambrienta, y que dejen libre a un político corrupto que robó ingentes cantidades de dinero a las arcas sociales, tal y como vemos regularmente en las noticias. Pero según el Estoicismo, el pobre hombre que robó comida para su familia puede ser mucho más libre que el político corrupto. Su libertad no pasa por su encarcelamiento o libertad de movimientos. Esto es un indiferente. Y esto es totalmente irrelevante según la justicia universal. Los barrotes de la carcel solo son un impedimento en el terreno de lo material (mortal). Pero el vicio generado de la injusticia en términos de la virtud por el político es la verdadera cárcel que por largo tiempo deberá sobrellevar. Y el temor de que cualquier día perder todo lo que desea, posee o anhela. El miedo al rechazo público. El miedo a la soledad y al repudio, etc… Queda latente que el que roba en grandes magnitudes es porque desea cumplir un deseo. Y es una propiedad conmutativa: El deseo es la causa y al mismo tiempo es la consecuencia. La causa del robo vicioso, y el producto del vicio del deseo en si.

En cambio la otra persona, pese a haber cometido un acto ilegal, puede tener su alma limpia e incoercible, dado que lo hizo como un acto de bondad sin miedo alguno ante la situación. Si es cierto que el acto en sí dada su naturaleza moral (no moral estoica, sino moral culturalmente hablando), podría traerle remordimientos, quizá por haberle quitado algo a alguien sin correspondencia, y esto también puede quitarle su porción de libertad. Pero en cierto nivel la persona puede haberlo hecho como una acción adecuada estoica (considerando que su razonamiento lógico le haya derivado a que la situación así lo precisa o requiere). Son muy interesantes los casos de ladronzuelos que roban y dicen al tendero que pronto se lo devolverán. La facultad rectora invita a deducir que se esta cometiendo un acto vicioso y pronto querrá que quede restituido. Sin esta consciencia lo más probable que el fantasma del vicio sea el verdadero juez y verdugo: Restringiendo la libertad.

Y no me andes mirando sus abuelos y bisabuelos, ni busques compra y venta, sino que si le oyes que desde dentro y con pasión dice: «¡ Señor!», aunque le precedan doce fasces, llámale esclavo. Y si le oyes decir «¡ Pobre de mí, lo que paso!», llámale esclavo. Y si le ves gemir, hacer reproches, que no es feliz, llámale esclavo vestido de púrpura. – Epicteto, Disertaciones con Arriano, Libro IV.1.57

En definitiva, no hay nada en el reino de lo material que impida a uno ser esclavo. Ni el poder, ni la riqueza, ni el reconocimiento. Incluso si por ley, una persona pudiera disponer de todo lo que desea en la vida, y no pudiera ponérsele restricción alguna, seguiría siendo esclavo. La única forma de alcanzar la verdadera libertad, es liberándose del deseo de lo indiferente.

Reflexionando sobre este tema, me he dado cuenta de un asunto: Generalmente el estoicismo propone posicionarse siempre ante la adversidad. Dado que la Virtud justamente se encuentra ahí. Es una forma de ver la vida completamente dispar a lo común, al formato de posicionarse con vistas al placer o al deseo. De hecho diría que es un posicionamiento radicalmente diferente.

Hoy me surgía una cuestión a la que pensando durante un buen rato me surgió mi propia «respuesta». Supongamos que en época de elegir estudios, nos damos cuenta que se nos dan igualmente bien las materias relacionadas a la ventas y las materias relacionadas a las matemáticas. Observamos que en el mundo comercial, el prestigio, el dinero y el poder que podemos alcanzar, llegando a ser directores de empresa son altas. En el mundo de las matemáticas es posible que encontremos algun puesto bueno, pero en términos económicos, de poder y reconocimiento generalmente serán inferiores al de las ventas en caso de desempeñar excelentemente. ¿Que elegir en este caso?

La respuesta es sencilla: Si nos posicionamos mirando a la adversidad podemos llegar a dos planteamientos (partiendo de algunas premisas que no tienen porque ser necesariamente acertadas): Quizá el mundo de las matemáticas, nos permita no solo disponer de más tiempo para nosotros, dado que observamos que el mundo de las ventas podría ser exigente en tiempo, sino que además al ser los salarios más comedidos nos permitirá enfrentarnos a la realidad de que la diferencia económica entre ambos mundos es completamente indiferente para nosotros. Por tanto, entre un puesto bien pagado, y un puesto mal pagado, en igualdad de condiciones (nos gusta lo que se ejecuta en el puesto, nuestras funciones, etc…), elegir el puesto más mal pagado, sería una decisión estoica, si queremos trabajar dicha adversidad (al menos desde la perspectiva Estoica de Epicteto, que debo recordar, no es la misma del resto de los estoicos al completo, dado el eclecticismo cínico que introdujo en sus lecciones)

Visto así, es completamente contra-intuitivo. Pero aquí lo importante no es situar los indiferentes en primer lugar, sino la virtud que podemos llegar a trabajar a través de la adversidad. Es un trabajo constante de análisis de factores, que hasta la fecha puede que nunca hayan sido considerados. ¿Quien va a entrar en un trabajo más mal pagado por el simple hecho, de querer trabajar esa adversidad? Evidentemente esta «contra-intuición» es cuanto menos dolorosa, y meterse en este camino devida (en definitiva, un formato de renuncia voluntaria), es algo reservado para pocos. Poder ejercer nuestra propia voluntad de esta forma, es un nivel superior de estatus mental (o de capacidad de asentimiento). En cierto grado, es un trabajo magistral en el ámbito de la disciplina del deseo.

Porque, en efecto, nadie teme al propio César, sino la muerte, el destierro, la confiscación de bienes, la prisión, la deshonra. Ni nadie ama al César, a menos que sea de mucha valía, sino que amamos la riqueza, un tribunado, una pretura, un consulado. Cuando es eso lo que amamos y odiamos y tememos, por fuerza los que tienen poder sobre ello son nuestros amos. Por eso también los veneramos como a dioses, porque pensamos que «lo que tiene poder sobre lo más beneficioso es divino». Y luego suponemos erróneamente: «Éste tiene poder en lo más beneficioso». Por fuerza lo que se deduzca de esas dos premisas resultará mal. – Epicteto, Disertaciones con Arriano, Libro IV.1.60-61

Aquí Epicteto siguiendo en la línea de lo que vengo tratando hoy, pone en evidencia el ejemplo clásico que siempre comento acerca del a Moral Vacía: Nunca es bueno (ni malo) algo externo. Para el estoicismo, decir: «Este trabajo es bueno porque me pagan más» es un asentimiento erróneo. «Este trabajo es bueno porque tengo oportunidad de trabajar mi virtud», sería el correcto. Como dice: «Lo que se deduzca de esas premisas (relativas a los indiferentes)» siempre resultará mal», es en esencia el resumen del concepto de Moral Vacía que ya tiempo atrás introduje.

En general ya lo has oído. Medítalo también en los casos particulares. ¿Puede estar libre de impedimentos el que desea algo que depende de otros? —No. —¿ Puede estar libre de trabas? —No. —Por tanto, tampoco puede ser libre. Mira, pues: ¿no tenemos nada que dependa sólo de nosotros? ¿O todo, o unas cosas dependen de nosotros y otras de los demás?. – Epicteto, Disertaciones con Arriano, Libro IV.1.64-65

Esta ya es en conclusión el planteamiento que da lugar a entender que aquello que tiene impedimentos, es aquello indiferente, que se encuentra en el lado de lo coercible, de lo mortal, y de lo material. Y de aquí se inicia con la segunda parte del argumento con esta pregunta: ¿no tenemos nada que dependa sólo de nosotros?

—Por tanto, ¿también es cosa tuya el sentir impulso o no? —De acuerdo, es cosa mía. —¿ Y el sentir repulsión hacia algo? También es cosa tuya. —¿ Y qué, si cuando siento deseos de pasear alguien me lo impide? —¿ A qué te pondrá impedimentos? ¿Verdad que al asentimiento no? No. Entonces, ¿al cuerpecito? Sí; como si se los pusiera a una piedra. – Epicteto, Disertaciones con Arriano, Libro IV.1.71-72

Siguiendo en la linea de la pregunta formulada anteriormente, con este fragmento, viene esa lista de todo aquello que depende solo de nosotros: El impulso, la repulsión, el deseo, son elementos que si se encuentran bajo nuestro propio albedrío.

—En ese caso, ¿no he de desear la salud? —De ninguna manera, ni ninguna otra cosa ajena. Y lo que no está en tu mano proporcionártelo o conservarlo cuando quieras, eso es ajeno. ¡Lejos de ello no sólo las manos, sino también el deseo! Si no, si admiras algo de lo que no es tuyo, si te aficionas a algo de lo sometido y mortal, te entregas tú mismo como esclavo, agachas la cabeza. – Epicteto, Disertaciones con Arriano, Libro IV.1.76-77

Y ahora entramos en un tema complejo. El deseo ante los indiferentes que rozan los limites de la supervivencia y del instinto primario. Quizá, sin duda, la parte más difícil de control y gestión que predica esta filosofía. Desde el momento que establecimos que la vida y la muerte son indiferentes, todo queda como vulgar sucedáneo de los mismos; y aquello como la salud sería un buen ejemplo.

Por ello para entender como digerir esto, creo que la clave está en un detalle muy particular: Uno puede tener buena salud, y estar agradecido por disponer de ese estado. Podría ser un agradecimiento ante lo preferido; pero de hecho el estoicismo predica por estar agradecido por todo, tanto por lo bueno como lo malo. Como veremos más adelante, Epicteto plantea en grandes rasgos, que todo aquello que os fue dado, llegado el punto nos será arrebatado. Esto es importante tenerlo presente. Por otro lado, si uno dispone de mala salud, uno debe aceptarlo siguiendo esta línea. Pero si uno tiene mala salud y desea buena salud, ahí incurre en el vicio: Desear algo que no se tiene es la raíz del sufrimiento. Aceptar lo que no se tiene, o simplemente, de manera más simple, agradecer lo que si. En este ejemplo, uno puede estar enfermo, pero estar vivo. Con lo cual, uno puede agradecer estar vivo y no desear estar sano.

Es preciso que tengas de todo tu cuerpo el concepto de que es como un borriquillo aparejado mientras sea posible, mientras te sea dado; pero si hubiera una requisa y se apoderara de él un soldado, déjalo; no te resistas ni rezongues. Si no, perderás igual el burro y recibirás palos. – Epicteto, Disertaciones con Arriano, Libro IV.1.79

Esto son palabras mayores, y está claro que dentro de un mundo donde ansiamos constantemente esos indiferentes, y donde de hecho tenemos, creados una serie de umbrales mínimos donde para nosotros los indiferentes deben estar cubiertos (un salario mínimo, un estado de salud mínimo, un mínimo de relaciones sociales, etc…), todos esos mínimos no cubiertos son motivo de gran displicencia. De hecho personajes como Maslow y Herzberg ya decían que este tipo de motivadores eran fundamentales para la raza humana (el segundo les llamaba a esos mínimos, los factores desmotivadores de higiene en la teoría de los dos factores). Pero ¿es posible que un verdadero estoico, no tenga umbral alguno en este término? En esto consiste dentro del Prokopton, el trabajo orientado a la disciplina del deseo en esencia: En reducir esos umbrales del deseo hasta el punto cero a través de un fuerte trabajo.

Y una vez que te hayas preparado con esta preparación y que te hayas ejercitado con este ejercicio de distinguir lo ajeno de lo propio, lo sujeto a impedimentos de lo libre de ellos, en considerar que lo uno tiene que ver contigo, que lo otro no tiene que ver contigo, en atenerte en ello al deseo, en ello al rechazo, ¿verdad que ya no temerás a nadie? A nadie. ¿Por qué ibas a temer? ¿Por lo tuyo, en lo que para ti reside la esencia del bien y del mal? ¿Y quién tiene potestad sobre ello? ¿Quién puede arrebatártelo, quién estorbártelo?. – Epicteto, Disertaciones con Arriano, Libro IV.1.81-82

Y para finalizar con este segundo bloque relativo al deseo, de este primer pasaje tan largo, aquí Epicteto trata directamente sobre lo que la disciplina del deseo consiste en pocas palabras. Cuando uno entiende que solo en uno mismo, reside el bien y el mal; cuando uno entiende el concepto de la Moral Vacía en su máxima quintaesencia, entonces es cuando finalmente uno queda libre definitivamente.

No es una cuestión de rechazar lo preferido. Pero hay que entender en todo momento que el ejercicio pasa por ahí. Es un trabajo duro y muy complejo. Encarar la adversidad constantemente nunca fue un plato de buen gusto. Por eso siempre suele (al menos a mi), surgirme la cuestión de que hasta que punto merece todo esto la pena.

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